Abouit, el comparador ético

En nuestra sociedad de consumo, vivimos bombardeados de productos. La maquinaria no para. Y mejor que no pare, vaya, pero a veces el ritmo resulta tan frenético que ir al supermercado es toda una aventura.

Pensándolo bien, tal vez sea eso lo que buscan los comerciantes. Que el consumidor se sienta un Nathan Drake o una Lara Croft al caminar por galerías llenas de misterios por descubrir. Tal vez me estoy pasando al comparar el nuevo sabor de los fideos instantáneos con una antigua vasija sumeria enterrada durante años en una cripta olvidada. Pero reconozcámoslo: pocos de nosotros vamos a descubrir ninguna. Así que , triste pero cierto, una de nuestras dosis cotidianas de aventura viene en forma de visita al supermercado.

Cada día se incorporan nuevos productos. Que si pequeñas variaciones en los que ya existen, que si novedades jugosas que tienes que probar, que si nuevas marcas, que si el producto definitivo sin el que no podrás dominar el mundo, que si la súper oferta, que si 2×1, 3×2, sin IVA ó -30% de descuento. . . y así. A veces nos encontramos haciendo más operaciones integrales con los datos de la lista de la compra que las que hicimos en el colegio. Y todo en una escala de tiempo lo más reducida posible. Porque si analizáramos y comparáramos todos los productos, o se nos queda la cabeza como Megamind o nos tiramos cinco horas para comprar un producto para combatir un incómodo atasco del WC.

Ahí es donde entra la publicidad. El bombardeo, el fuego sostenido. Para lograr que entre todas las etiquetas te suene una más que otra y sea ésa la que elijas. Ya sea por lo bueno que era el anuncio que viste en la tele, por la musiquita, por lo que prometen que hace, por los actores buenorros que eligen o por la persuasiva voz en off. Coges el producto, lo tiras en el carro, y pista.

Lo que a poca gente se le ocurre, salvo que haya visto alguna noticia relativa a una determinada marca, es echar un vistazo a la etiqueta. A la parte de atrás, a ese hueco que probablemente esté en la esquina inferior izquierda o tapada casualmente por una solapa del embalaje; a ese hueco diminuto donde pequeñísimas letras se agolpan sin sangrado ni interlineado, que a veces van hacia arriba o hacia abajo en lugar de ir de izquierda a derecha como Dios manda. Esas, sí. Las que dicen lo que tiene el producto.

No sé ni cuántas veces me he calzado las botas de Goodbye, Mr.Burns para poneros en aviso sobre una marca o un producto en concreto. Muchas veces os he contado los trapos sucios de marcas de moda, de marcas alimentarias o de cosmética. He analizado, a veces con más profundidad y otras con menos, su impacto social y medioambiental. Es decir, he analizado lo sostenible que es el producto.

Aún así, aunque ya sepa que sois ávidos lectores del blog y bastante sabios a la hora de comprar, os diré que los fabricantes de productos controvertidos suelen usar todas las artimañas que pueden, muchas de ellas aprovechando vacíos legales o incluso estando en el mismo límite de la legalidad. Un ejemplo de eso es el aceite de palma del que os hablé aquí, sobre el que si la UE no llega a regular, estaríamos leyendo aún aceite vegetal en las etiquetas.

Saber lo que se compra es fundamental, pero muchas veces no es suficiente. Pensad: si al esfuerzo y la pérdida de tiempo de estar haciendo las cábalas y operaciones integrales que os contaba, tenemos que sumar el hecho de estar analizando cada producto, descifrando un galimatías de compuestos químicos y letras “E” seguidas de números, empezaremos a perder puntos de cordura.

Porque vamos a ver, ¿alguien sabe qué es el Methylchloroisothiazolinone? ¿No será eso un demonio del Diablo 3?

Nadie, salvo una persona con buenos conocimientos en química, o alguien tan bien informado como para ganar el Pasapalabra y el Ahora Caigo en la misma tarde, sabría responder. Lo que pretendo decir con esto, es que resulta muy difícil saber qué estamos comprando, sus cualidades beneficiosas o perjudiciales para nuestra salud, el impacto medioambiental de su producción y posterior desecho,  o la calidad social de la propia empresa que lo fabrica. En la práctica de nuestro día a día, es muy difícil saber cómo de sostenible es un producto.

Hasta ahora.

He derramado sobre el teclado toda esta introducción para hablaros de una de las herramientas básicas que, a mi modo de ver, todo consumidor debería tener en el bolsillo: abouit.

Esta app de descarga gratuita viene a ser la respuesta a buena parte de los problemas que he comentado. Sacas una foto a la etiqueta del producto o al código de barras, y en un plis te evalúa el producto atendiendo a tres grandes categorías:

  • Salud: El primer rango analiza los riesgos que tiene el producto para la salud, teniendo en cuenta sus componentes y analizándolos uno a uno con un código de colores tan fácil de entender, que mi hámster es ya un experto en la materia.
  • Sociedad: Aquí analizan las prácticas responsables del fabricante con sus trabajadores, tales como la evaluación de la transparencia, los índices de corrupción o si respeta los Derechos Laborales y los Derechos Humanos.
  • Medio ambiente: En este apartado se evalúa el impacto del producto en el medio ambiente. Tanto del producto en sí, como de la gestión ambiental de la empresa fabricante.

Del análisis de cada sección se desprende una nota global que viene a contarnos, de forma rápida y eficaz, cómo de conveniente es echar ese producto al carro o dejarlo donde está. Por ahora, Abouit se centra en los productos de limpieza del hogar, de alimentación, tecnológicos y de cuidado personal. Puntos clave de nuestras compras diarias. Quitando tal vez los tecnológicos, hablamos de productos de primera necesidad.

En este inicio de año he decidido darle publicidad en Goodbye, Mr.Burns a esta aplicación inspirada en The Good Guide, porque creo que es una forma sencilla de hacer llegar a todo el mundo lo que muchas veces intento contaros en el blog. Además, cuantos más usuarios tenga, más fácil será ampliar la biblioteca de productos, que actualmente no es que sea escasa, pero sí algo insuficiente. Por último, si usamos esta herramienta adecuadamente y dejamos en la estantería productos que nos dañan la salud o perjudican el medio ambiente, estaremos mandando un mensaje directo a los fabricantes: retira esa basura del mercado, porque nadie la va a comprar.

Dar la última palabra al consumidor es algo que se estila poco, por mucho que nos intenten hacer creer lo contrario. Con esta app en el móvil podremos comprar de forma inteligente, responsable y bien. Que ya va siendo hora.

Así que lo dicho, daros un paseo por vuestro gestor de apps y probadla. Empezad a comprar de forma inteligente. Y creedme cuando os digo que, a partir de ahora, comprar sí que va a ser una aventura.

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