9 marzo, 2017

DE MONJES, CLAUSTROS Y VIDA EN OTROS PLANETAS

Todos recordamos, más o menos, la psicosis digital que supuso la llegada del año 2000. Sí, hablo de aquel fenómeno global que decía que nuestro sistema social, sustentado por la informática, estaba al borde del colapso.

A lo largo de la historia de la humanidad, en muchas de las civilizaciones de las que tenemos constancia, la llegada de un año que inicia (o termina) una cuenta, como es un siglo o un milenio, viene siempre cargada de cierto misticismo. Entre los occidentales, por ejemplo, la llegada del año 1000 llenó las calles de profetas y magufos en general, y el Fin de los Tiempos llegó a ser trending topic, al menos entre la gente high class de Europa. Que si nuevas resurrecciones, que si el apocalipsis, que si lecturas de evangelios perdidos, que si bautizos y conversiones masivas al cristianismo, etc. En el año 2000, como el tema religioso ya no molaba tanto como en plena Edad Media, el objetivo se centró en nuestro nuevo dios informático. Pero en los albores del primer milenio según la cuenta cristiana, la cosa se tomó a poca broma.

Cuando la cosa se relajó un poco, a eso de las 00:05 del 01 de Enero de 1000, empezaron a salir los primeros memes ridiculizando el apocalipsis. Que si “al final no pasa nada”, que si “menudo fraude”, que si “el tráiler era mejor”, etc. La desconfianza en la parte más mística de la institución empezó a aflorar de forma irremediable. Lo que los historiadores situaron casi 5 siglos después con el Descubrimiento del Nuevo Mundo, empezó aquella noche: el fin de la Edad Media.

Un movimiento de hastío surgió en Francia casi 100 años después de aquel fin de año no fatídico. Un grupo de monjes, cansado del decadente libertinaje y del continuo intercambio cultural que decían podía verse en las ciudades, decide aislarse en una comunidad monacal de la región borgoñesa de Citeaux (Císter). El lugar da nombre a esta nueva orden dedicada al estudio y copia de manuscritos, a la oración y al reencuentro del cristianismo con su parte más espiritual: la Orden de Císter.

La Orden de Císter consigue hacerse un nombre en la Europa medieval y funda varios monasterios. Digamos que tienen su minutito de fama en la historia. Pero el nuevo impacto cultural que supone el Descubrimiento vuelve a pegar un sonoro bofetón al cristianismo cuando se certifica que la Tierra es redonda, y que no hay demonios más allá de las Columnas de Hércules (entre otras tantas cosas).

En pleno Renacimiento, mientras la sociedad empieza a cuestionar a saco a la institución católica y sus flipadas pseudocientíficas indemostrables, nuestros protas, los monjes cistercienses, vuelven a radicalizarse. La Orden sufre una reforma, una revisión que será conocida como la Orden de la Trapa: los trapenses. Más estricta aún, lleva a los monjes a una extrema austeridad en un claustro y a guardar voto de silencio.

Menudo tocho de historia me está metiendo el flipado de Goodbye, Mr. Burns, estarás pensando, pero siempre os lo digo: tenéis programas televisivos muy amenos a casi todas horas, en los que un grupo de tertulianos inflados de coca y bótox os pueden contar sus miserias y las de otros. Vosotros elegid.

El pasado mes de febrero, la NASA hacía un importante anuncio. Importante, según sus propias palabras, claro. Gracias a las observaciones del telescopio orbital Spitzer, se ha descubierto un pequeño sistema de 7 planetas entre los cuales podría desarrollarse la vida. Tome la noticia cada uno por donde quiera. El sistema tiene el nombre de trappist. Trapense.

Los científicos están empezando a trabajar con el Hubble en dirección al Sistema Trappist para determinar a ciencia cierta la composición de nitrógeno y oxígeno de la atmósfera, y se estima que el año que viene, con el lanzamiento del telescopio James Webb, se arroje más luz a su composición total. Aún así, ya se han aventurado a decir que hay tres planetas que reúnen las condiciones para la vida: trappist 1e, trappist 1g y trappist 1h. Los tres tienen una masa parecida a la Tierra, aunque como la estrella de ese sistema es bastante más pequeña que el sol, su movimiento de traslación es también mucho menor. Para hacernos una idea, el planeta más alejado, con la órbita más larga, no tarda ni 20 días terrestres en completar un año.

La que han liado los trapenses otra vez. Justo cuando la Iglesia parecía admitir la existencia del universo, pero insistiendo en que el milagro de la Creación en la Tierra tenía sello divino. Otro nuevo mundo descubierto para una sociedad que ha perdido ya la fe, o para una institución que casi ha perdido la financiación. Pero la cuestión vuelve a abrir extensos debates que nos hacen soñar, que nos hacen abrirnos al espacio exterior y viajar a través de las estrellas, pero también recelar de esa posible vida alienígena a la que hemos de enfrentarnos. ¿Amigos o amenaza? ¿Qué pasaría si esos trapenses alienígenas tienen destructores estelares y quieren conquistarnos? Y si por el contrario se trata de una civilización menos avanzada, ¿tendríamos el poder de conquistarlos?

El contacto con una forma de vida extraterrestre es algo que subyace en la misma noticia, que muy probablemente complete cierta ansia espiritual por saber si estamos solos en el universo, cosa que según todos los indicios pero sin evidencia, parece poco probable. Pero para mí alberga un mensaje mucho peor. Mucho, mucho peor.

Aunque no es la primera vez que la NASA anuncia un descubrimiento similar (lleva haciéndolo casi cada año desde 2011, con el famoso y controvertido Tau Ceti), cada vez se da más carga mediática a los descubrimientos y se insiste en la locución “planeta habitable”. La diferencia principal con el Sistema Trappist es que, según los científicos, su estudio va a focalizar todos los esfuerzos dedicados a los exoplanetas para que la etiqueta de habitable pueda ser confirmada. Más allá de la inquietud de sabernos en compañía, esto lanza un mensaje de “existe una posibilidad de salir de aquí” que no me gusta nada.

El ser humano es explorador por naturaleza, pero esa característica atávica viene dada porque sabe que es capaz de destruir el entorno en el que habita. Nuestro hogar es la Tierra, es el sitio que tenemos que cuidar, que mimar.

Que recuperar.

Mola mucho imaginarnos metidos en una nave espacial, surcando las estrellas en dirección a otro lugar en el que florecer como especie. No puede evitarse. Pero ese sentimiento oculta una verdad trágica: no habrá nunca un lugar como éste. Nuestros huesos, nuestros músculos, nuestros órganos, están pensados para la Tierra, y cualquier hogar sucedáneo es un entorno al que tendremos que adaptarnos, que por el camino será susceptible de provocarnos anomalías físicas y psicológicas.

Trappist 1f, por ejemplo, es uno de los planetas que reúne las condiciones de habitabilidad según la NASA. Se trata de un planeta muy similar a la Tierra, pero con una de sus caras siempre mirando a su sol, y la otra siempre a oscuras. Esto ocasionaría, probablemente, que la vida sólo pudiera darse en una pequeña franja entre los dos polos. Sus 9 días de traslación aseguran un intervalo térmico frenético e irregular que no nos resultaría demasiado cómodo, precisamente. ¿De verdad queremos vivir ahí?

No soy un anti NASA, ojo. Es una de esas instituciones que a uno le hacen sentir orgulloso de ser humano, al menos a nivel intelectual. Pero hablemos de cifras para entender lo que digo: sólo los 670 millones que costó el Spitzer, telescopio con el que se descubrió el Sistema Trappist, duelen. Fijaos, muy a pequeña escala, iniciativas tan humildes en comparación como Reforestum, ha puesto en marcha la plantación de 4,6 hectáreas de bosque en los Picos de Europa con apenas 40 mil euros. El CO2 capturado por este bosque se estima en alrededor de 100 toneladas por hectárea (la cantidad aumenta a medida que el bosque envejece). Y nenes, capturar CO2 es lo que nos hace falta ahora mismo. Y por siempre. La humanidad tiene Ceodosragia.

No quiero viajar casi 40 años luz para ver qué me encuentro en otro planeta. Quiero bañarme en un agua de mar que no esté contaminada, en un río en el que no floten vertidos tóxicos. Quiero respirar un aire puro que me llene los pulmones y me haga sentir pleno. Quiero ver un amanecer cálido y una noche oscura en la que dormir sosegado. Quiero un otoño melancólico, escuchando cómo la lluvia cae sobre las hojas de los árboles; un invierno en el que resguardarme del frío; una primavera que inunde mis sentidos color y alegría; un verano de largos días y tardes apacibles.

Éste es nuestro hogar. Aquí quiero vivir.

El mismo nombre del sistema me ha parecido tan contradictorio en su fundamento que, como pasa con la mayoría de esas ironías de la vida, por fuerza tenía que esconder una enseñanza. El descubrimiento de trappist nos presenta una oportunidad única de conocimiento. Hace que nuestra civilización, como tal, avance. Nos hará cuestionarnos todo lo que hasta ahora conocemos, y plantearnos cómo puede ser nuestro futuro como especie.

Por mi parte, sólo por esta vez, prefiero tomar los hábitos y convertirme en un trapense, receloso de nuevos horizontes. Prefiero encerrarme en mi planeta, mi claustro.

Otra cosa es que guarde voto de silencio.

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