La India y la ley de inversión del 2% en caridad

Pues ocurrió que el bueno de Moisés subió a lo alto del Sinaí, y tuvo unas palabras con nada más y nada menos que Dios. Así, tal cual. Evitando evocar la actuación de un irreconocible Charlton Heston en el decorado de cartón piedra de aquella sobrevalorada adaptación cinematográfica, diremos que todo el asunto acabó con la litoimpresión de 10 consejillos que generaciones venideras darían en llamar Los Diez Mandamientos.

Cuando uno lee los mandamientos hoy en día, suena todo a cosas bastante lógicas dentro de lo que podríamos llamar civismo. No matarás, no robarás, no desearás a la mujer del vecino, entre otras, son sentencias con la que uno puede pensar que Dios podía haberse esforzado un poquitín con sus requerimientos para no caer en lo evidente. Pero cabe recordar que, si los que las emiten no están mal de la azotea, las leyes se generan cuando determinados actos o comportamientos derivan en un problema que afecta a la sociedad en mayor o menor medida.

Por consiguiente, a juzgar por el contenido de los mandatos, podríamos decir que en aquella época era bien necesario un cierto ordenamiento civil.

Apostaría, aun sin posibilidades de demostrarlo, a que no fue Dios el que grabó esas leyes. Tal vez fue un momento de lucidez de aquel judío, que tuvo que interponer la figura de una divinidad omnipotente entre él y sus mandamientos para que aquel antiguo pueblo poco civilizado (en términos modernos) creyera en él y aceptara las normas.

Algún tiempo después, sacando expansiones y DLCs de esos mandamientos y convirtiéndolos en leyes formuladas por diferentes organismos de gobierno, podría decirse que a la humanidad occidental no le ha ido tan mal. Esta frase es profundamente cuestionable, lo sé, pero yo diría que teniendo en cuenta que no hay camino sin tropiezo, nuestra evolución cívica ha sido bastante aceptable.

Ahora que hemos superado la influencia de la religión como condición de ordenamiento (más allá de las maquinaciones conspiranoicas de las novelas de Dan Brown) y disponemos de organismos políticos que por medio de la democracia, más o menos, crean y destruyen leyes, somos capaces de discernir o como mínimo opinar sobre lo apropiado de las obligaciones. Antes, cuando las leyes eran la Palabra de Dios, casi mejor no opinar.

Muchos posts anteriores de GoodbyeMrBurns focalizan su atención en la India, pues las pésimas condiciones laborales, la pobreza y el hambre forman parte integral de un país que lucha como puede contra los problemas derivados de la superpoblación. El gobierno hindú implantó en 2014, una ley por la que el 2% de los beneficios de las empresas que superaran los 10 mil millones de rupias en ingresos (unos 133 millones de euros) debían ser destinados al desarrollo social, en concepto de caridad.

Aquí ya no hay tu tía. En la India no hay milongas acerca de si la RSE tiene que estar integrada, de si hay que tener buenas prácticas, de si la empresa social es mejor o peor. Aquí, la RSE viene impuesta por la ley. Las empresas deben cuadrar sus estrategias, gestionar sus recursos y cumplir los plazos que obliga el Gobierno para cumplir con la sociedad.

Ahora bien, ¿es buena esta medida? Aunque no lo creas, hay debate. Y es la India un buen terreno de prácticas para conocer las consecuencias de una obligación como ésta, porque las condiciones de sus habitantes alcanzan, en su día a día, cotas de desesperación.

Durante estos dos años de una ley que busca crear conciencia social en las empresas, se ha detectado que muchas organizaciones se esfuerzan por conseguir eludir la normativa, ya sea falseando cuentas de ingresos para no verse obligados, pagando a fundaciones caritativas creadas por ellos mismos que retribuyen el dinero, etc.

Las organizaciones voluntarias de pequeño calado denuncian también que no huelen la pasta. Las empresas que cumplen la ley (alrededor del 50%) vierten el dinero en proyectos de grandes ONGs, que normalmente suelen ser a gran escala. Tal vez más creíbles y mediáticos, pero culpables de que no haya un reparto equitativo del capital.

Otro factor, el más importante quizás, es que esta ley no pone el foco en la forma de conseguir el dinero. Por ejemplo, de poco sirve que una empresa gane dinero teniendo en su modelo de negocio mano de obra infantil en condiciones de esclavismo, y luego invierta su 2% en desarrollo social.

Las implicaciones son muy interesantes de analizar en un país en desarrollo como es la India. Ya se han alzado las voces que rechazan esta ley y creen que el cambio debe proceder de la innovación social y una revisión de los sistemas.

Pero vayamos a la chicha del asunto, y para lo que nos hemos reunido hoy aquí, queridos hermanos. ¿Cómo puede funcionar esta medida en los países desarrollados? Ya, ya. . . ya sé que hay muchos empresarios que si les hablas de esta ley hacen un par de llamadas y buscan en el mapa algún paraíso fiscal donde meter rápidamente el dinero. Pero esos no leen GoodbyeMrBurns, así que estamos a tiempo.

Es verdad que se animaría la cosa. Ya no habría que estar languideciendo como los mendigos hambrientos de justicia social que a veces parecemos. Pero, ¿qué otros problemas generaría? Es interesante cuestionárselo, y en verdad me encantaría saber vuestra opinión.

Mientras lo pienso, es inevitable que sienta un “efecto lotería”. Un “qué haría yo con ese dinero” en este país. Cerrar los ojos y no pensar en las implicaciones, con la intención de inmediatez y el desparpajo del que se compra un Ferrari cuando le toca el Gordo de Navidad.

  1. Utilizaría el dinero para pagar bonos sociales que evitaran la pobreza energética. Pocas cosas me dan tanta vergüenza como ésta en un país como el nuestro, rico en recursos para energías limpias.
  2. Gran parte de ese dinero iría a financiar los bancos de alimentos, haciendo una buena gestión de todo el proceso: logística, almacenamiento, entrega. Para que el banco de alimentos no se convierta en el comodín limpia-imagen de grandes empresas.
  3. Financiaría las cotizaciones sociales de la empresa de personas mayores de 45 años, personas con más de tres años sin empleo (que algunos consideran irrecuperables para el torrente social activo), y colectivos en riesgo de exclusión social. Me permitiría incluso gestionar de forma eficiente esos recursos para vigilar muy de cerca las malas prácticas y la concesión de ayudas a personas que reciben prestaciones engañando al sistema.
  4. La última medida es la más loca, la más Hi, I’m a dreamer. Promovería el emprendimiento, principalmente el emprendimiento social. Daría facilidades como contratar asesores, anularía pasos burocráticos innecesarios y los absurdos impuestos que debes pagar antes de poner en marcha tu empresa. Pero sobre todo potenciaría la empresa social de tal forma que nadie quisiera convertirse en un empresario viejuno más.

A lo largo de la historia de la humanidad, los esfuerzos de los dirigentes han conseguido que muchas veces nos enfrentáramos a leyes absurdas, leyes que no nos gustan o que incluso van contra nuestra libertad. Pero a lomos de la democracia por fin hemos aprendido a cabalgar solos. Somos capaces de pensar qué es lo mejor para nosotros como sociedad, aunque no sé si somos capaces de llevarlo a cabo. En la India ya se han atrevido.

Tenemos las herramientas. Ya no tiene que bajar Charlt… Moisés del Sinaí portando mandatos divinos para hacer que nuestra sociedad cambie. El cambio está en nuestras manos.

Que Dios ya ha hecho bastante.

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