PRÓLOGO: EL PERPETUO VERANO

Autor: Roberto R. Báez

Querido diario:

Hoy estoy muy contenta porque es mi cumpleaños número 10. Mi padre me ha regalado una flor preciosa. He tenido que esconderla para que no la viera la policía. Está claro que ha usado agua para hacerla crecer, porque algo tan bonito no puede salir del suelo, de la tierra polvorienta, sin ella. Es amarilla como el pelo y verde como el moho, pero más luminosa. Tiene pétalos saliendo del color blanco de las nubes.

Mi padre me ha dicho que era necesario que alguna vez viera una flor, para comprender mejor lo que él y mamá piensan. La profesora, que es más vieja incluso que papá, dice que antes había flores por todos lados, y que había sitios llamados campos donde se podía oler su fragancia. Dice que había bosques del color del tallo, no grises o marrones como ahora. Porque dice que de esas ramas secas brotaban hojas, y que animales extraños comían de ellas. He visto dibujos de esos animales y me he quedado muy sorprendida. Algunos tenían colmillos grandísimos saliendo de sus bocas, y en medio de ellos caía una nariz muy larga, como si fuera un brazo. Otros tenían un cuello más alto que un hombre, y otros eran como licaones, pero más grandes y con la piel llena de manchas negras y amarillas. Mi favoritos eran unos que, en lugar de brazos, tenían alas y podían volar. Los había de muchos colores y formas. Me gustaría verlos algún día, pero dice la profesora que ya no van a volver, porque son criaturas que nacen, no se fabrican.

Pero los más extraños de todos eran los que vivían en el mar. No tenían patas, como los licaones, sino aletas para nadar. Los había con dientes enormes y cara de malo, y otros que te miraban siempre porque no tenían párpado. Había algunos que sonreían y eran felices, porque el mar antes no quemaba la piel, y podían nadar por todo el mundo sin tragar plástico. El día que la profesora nos enseñó dibujos de los peces, Jonás dijo que algún día iba a imitar al más grande de ellos, al que llamaban ballena, porque él era el más grande de todos nosotros. Esa tarde pasábamos cerca de la costa, así se que se fue a la playa a cumplir su promesa. Menos mal que pudo agarrarse a la basura que flota, o se hubiera hundido y se hubiera muerto porque no sabe nadar. ¡Qué tonto!

Mamá imprimió una tarta que estaba buenísima. Era de sabor queso y fresa, como a mí me gusta, y usó polvos de impresión azules como el cielo para el exterior y el interior, porque es mi color favorito. Me dijo que para conseguir esos polvos tuvo que cambiarlos en la base militar por los de sabor a pollo que te da la policía, así que esta semana imprimiremos filetes con sabor a queso y fresa. A mí me parece una pérdida de tiempo pagar más por la licencia para que la comida tenga forma de filete. Nunca he visto un filete. Pero mi padre dice que de lo contrario, ellos no se la comerían porque los conocieron cuando eran niños, antes de que los enemigos se llevaran todas las vacas.

No sé dónde guardar la flor. Pensé en meterla en la caja del diario, pero ¿y si el director me pide revisarlo? La semana pasada se lo pidió a Dorothy, pero lo había perdido en el huracán del lunes. ¡Menuda bronca le echó el director! Ella se excusaba, llorando, pero el director le decía que era una irresponsabilidad haberlo perdido, porque ella sabía bien que todos los lunes había un huracán, hubieran pasado cuatro, cinco o doce días entre medio. Papá dice que el diario hay que cuidarlo, porque cuando hayamos muerto, los que vengan detrás podrán leerlo y saber cómo se hacen las cosas. Por eso todo el mundo tiene uno y nos obligan a escribir. A mí me da igual, porque me gusta escribir. Y si dentro de cinco años puede ayudar a alguien, mejor.

Mañana viajaremos al oeste, al Monte Forel. Creo que no somos la única comunidad que irá, porque en esta zona ya no queda demasiada agua. Los de la base militar ya estaban preparados para irse también. Vinimos aquí durante los meses de la noche. Hacía frío, pero también había agua. Ahora que el sol está siempre con nosotros, el lago se ha secado rápidamente.

Me gusta la idea de ir al Monte Forel, porque aunque tengamos que andar mucho sobre tierra seca y hace mucho calor, atravesaremos la zona de los molinos de viento y los paneles de luz del gobierno, y podré ver la Gran Base en el alto Gunnbjörn. Es preciosa. Dicen que allí vive el hombre más viejo de la isla, que llega a tener 80 años, y que ha sobrevivido a los colapsos porque utiliza el agua de la montaña para hacer crecer comida del suelo en lugar de imprimirla. Los hombres de mi comunidad, y los de algunas otras, le tienen rabia por eso. A veces veo a mi padre reunirse con ellos y planear un ataque a Gunnbjörn, pero la policía siempre les reprende. Mi padre no, pero alguno de sus amigos ya ha recibido latigazos por ello y otros han sido amenazados con la expulsión de la comunidad.

Lo único que me preocupa son los licaones, que seguramente estarán a nuestro acecho mientras caminemos. Aúllan y ladran en el viento, y son más rápidos que cualquier hombre, porque tienen cuatro patas en lugar de dos, y se llevan  a los niños. Ellos se llevaron a la que era mi hermana pequeña, Jezabel, cuando todavía se tambaleaba al andar y no pronunciaba palabra que alguien que no fuera mi madre fuera capaz de entender.

Dice el reverendo que los licaones son los discípulos del Dios del Mal, y que caminan entre nosotros para causarnos tanto daño como pueden mientras ellos se deleitan con nuestra miseria. A mí me dan mucho miedo, pero más miedo me da El Maligno. Pensar en lo que hizo. Pensar en su poder, ante el que Dios no pudo hacer nada.

Dice el reverendo que un día El Maligno fue un hombre, como él o como mi padre, y que su maldad desató las siete plagas sobre el mundo. Fue su egoísmo el que arrojó plástico a los mares, el que arrasó los bosques, el que robó los animales, el que dejó seca la tierra e invocó los huracanes. Fue él quien envenenó el aire que nos hace morir temprano, y quien vació nuestros ríos y pozos.

Y desde ese día, la palabra triunfo significó fracaso.

Porque antes los hombres vivían en abundancia, pero la perdieron. Mi profesora lo dice, que ella lo recuerda por boca de su abuela. Porque antes las familias tenían tres o cuatro generaciones, y existían los abuelos. Y el mundo tenía memoria.

Pero no sirvió para nada.

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