18 febrero, 2016

EL MAR, RENACIDO

Los musicales son un género cinematográfico con el que no acabo de congeniar. Nótese que me esfuerzo en escribir cinematográfico para distinguir lo que se ve en una pantalla de lo que se ve en el escenario de un teatro, donde sin duda puedo llegar a disfrutar como un niño con las espectaculares coreografías de los coros y las danzas.

Véase por ejemplo Los Miserables, del grandísimo Víctor Hugo. Convertida su novela en un musical, la obra resulta más que entretenida. Pero llevada a la gran pantalla, viendo cantar a pleno pulmón al bueno de Crowe, a Jackman o incluso a Hathaway, la cosa se me vuelve un poco indigesta.

Para cine, prefiero otras cosas. Prefiero que me hable con su poderoso lenguaje visual, que vista de gala un argumento que no tiene por qué ser necesariamente rebuscado u original (eso sí, cuando lo es, epic win al canto).

Si hablamos de fuerza visual, aunque pueden citarse muchos ejemplos, nadie puede negar que la propuesta de Iñárritu, El Renacido, está a uno de los niveles más altos que ha alcanzado la gran pantalla.

Y fue viendo El Renacido cuando alcancé a comprender a Víctor Hugo. Porque me daba una enorme pena pensar que al menos el 90% de la sala analizaba el comportamiento de diCaprio para declararlo justo ganador o no del Oscar, otros pensaban en el meme del oso con la estatuilla y los restantes se aburrían por la larguísima duración del film y lo simplista del argumento.

Pocos atendieron al verdadero protagonista de la película: la Naturaleza. A pesar de que muchas veces durante la película deja de ser un simple fondo, a pesar de su innegable presencia abrumadora, mirábamos a diCaprio. Así que entendí tus palabras, señor Víctor Hugo, cuando dijiste hace algo más de 100 años, que  produce una enorme tristeza pensar que la naturaleza nos habla mientras el género humano no la  escucha.

Esto es lo que debe hacernos sentir como miserables

No es la primera vez que hablo sobre el mar en el blog, y probablemente no sea la última. He tratado varios temas, principalmente los que tienen que ver con los vertidos al mar o las prácticas pesqueras destructivas. En todas las ocasiones, he tratado de enseñaros el daño brutal que estos problemas causan al medio ambiente y a nosotros como parte de él. Pero en esta ocasión, voy a ir un poco más lejos. Os vengo a contar por qué ese género que no escucha, la humanidad, está en peligro por no cuidar los océanos.

Si los datos nos dicen que la población mundial de peces y otros vertebrados marinos ha descendido hasta la mitad en apenas 40 años, se te queda el cuerpo raro. Te da pena y eso, pero bueno: no es el fin del mundo, piensas.

Pero igual estás equivocado. La sobrepesca no sólo se carga el ecosistema marino, sino que supone una seria amenaza para la humanidad. En un marco en el que la demanda alimentaria continúa creciendo acorde con la estimación de crecimiento de la población humana en 2 mil millones de personas para 2050 (hasta un total de 9), donde la tierra cultivable se deteriora o no es suficiente a menos que se provoquen pérdidas irreversibles al medio ambiente, los recursos alimenticios del mar podrían ser nuestra salvación: si no se agotaran.

La falta de pescado obliga a los pescadores a incluir en sus capturas peces jóvenes, sexualmente inmaduros, para poder llegar a fin de mes. Esto supone no sólo la paulatina pérdida de población marina, sino que incluso algunas especies estén llegando a un punto crítico. Dentro de unos años, tal vez sea la nuestra.

El problema está alcanzando cotas de urgencia. No es el pronóstico de un adivino  excéntrico, es un hecho.

En este punto sólo pueden hacerse dos cosas: desafiar a una raza alienígena superavanzada a que nos conquiste y tome las riendas del planeta, o empezar a trabajar seriamente en el problema:

Una de las poblaciones de peces comerciales que presenta un mayor declive es la del atún, concretamente en la zona del Pacífico. A partir de un programa de pesca regional impulsado por WWF Australia y la Fundación Packard, se ha conseguido un cambio de rumbo de las grandes empresas en tan sólo una década. Hasta la propia John West, el mayor proveedor de conservas de atún de Australia, se ha comprometido a comercializar únicamente atún certificado como sostenible adaptando a su vez la norma MSC de Naciones Unidas. Si entráis en su página web, veréis estos dos sellos encabezando la página, más grandes aún que el propio logo de la empresa. Esto es, sin duda, una noticia histórica.

pesca

Muchos conoceréis también la acción de Oceana. El lema de esta organización es tan simple como directo: buscamos que los océanos sean tan ricos, saludables y abundantes como una vez lo fueron.

Su acción está enfocada a reconstruir la biodiversidad y los ecosistemas marinos, y por tanto incrementando el porcentaje de capturas sin afectar a la especie, implementando métodos de gestión en el proceso pesquero. Para ello se han servido de campañas en las que han participado cocineros de renombre y fama mundial, como Ferrán Adriá, Joan Roca, Luiz Aduriz o Elena Arzak entre otros.

La restauración de los océanos no sólo para salvar el medio ambiente, sino a nosotros mismos, es también una idea que comparte GreenWave. Su forma de contribuir no es otra que apoyar ideas creativas y la innovación aplicada al campo de la pesca, la gestión de la cadena y la recuperación de ecosistemas marinos, en forma de granjas marinas.

Una idea curiosa, tal vez a menor escala pero hecha de esa forma que a mí me mola tanto, es la que lleva a la práctica Fish People Seafood. Esta empresa comercializa platos gourmet precocinados con base de productos del mar, proveniente de pesca sostenible. Hasta ahí todo bien. Lo que resulta curioso es que a partir de un código que hay en el envase, puedes conocer incluso a los pescadores que participaron en la captura. En concepto, resulta un informe de trazabilidad que empieza desde el minuto cero. No puede ser más genial.

Para ir terminando, os dejo una de esas útiles listas que elabora Greenpeace sobre qué marcas de atún comprar si quiere uno aportar su granito de arena a esto de no condenar a las especies.

A las marinas, y a la nuestra. Guía 

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