4 febrero, 2016

Cosiendo un hogar

Qué difícil es engañar a una madre. Si es posible, vaya. Recuerdo que jugaba con muñecos de superhéroes, al Heroquest y al Risk, dando gatillazos con los mandos de la consola o nutriéndome de dibujos animados intra vena. Pero mi madre, de vez en cuando, me ponía un cepillo y un recogedor en las manos y me obligaba a barrer el suelo. Supongo que ése era su concepto de inclusión e igualdad. . .

Barrer era tedioso. Aquellos interminables cinco minutos deslizando las cerdas por el suelo y tratando de meter las pelusas en el recogedor resultaban ser horas en mi concepción del tiempo. Así que un día, niño avanzado que era, se me ocurrió lo que a nadie. Un acto de I+D ultranovedoso y sin parangón para un niño imberbe. Diablos, qué listo era . . . se me ocurrió meter la basura debajo del sofá.

Mi madre, que sospechó de inmediato al haber reducido el tiempo de la labor, no tardó en levantar el sofá y descubrir mi bien urdida estratagema. Recuerdo el capón que me dio con claridad. Y la consiguiente bronca que me mantuvo acojonado un buen tiempo.

Por cierto que, ahora con el Roomba, estas cosas ya no pasan.

Las cifras de desplazados sirios siguen creciendo. A principios de 2015, ACNUR y otras ONGs previeron el éxodo, el exilio, la movilización: llámalo como quieras. Pero los líderes europeos no han sido capaces de encontrar una solución.

Entrar a explicarte los orígenes del conflicto se me hace complicado. Si quieres intentar entenderlo para generarte una opinión al respecto, acudes a Google. Sin embargo, esta búsqueda dará como resultado que encuentres todo tipo de causas: históricas, políticas, económicas, etc. Algunas hasta se contradicen, se discuten y se enfrentan. Pero si reducimos el problema a los hechos, todo se entiende a la primera: en mi país hay un conflicto bélico complejo y salvaje. Yo de aquí me piro.

Eso lo entiende todo el mundo.

Algunos líderes políticos hablan de “plaga”, otros levantan muros a toda prisa, otros movilizan al ejército y los que quieren entrar en espectáculos grotescos requisan bienes a los peregrinos. Pero el hecho es que la población siria busca ser refugiada fuera de sus fronteras, y emprende un viaje de vida o muerte a través de largos caminos, cordilleras montañosas y rutas marítimas clandestinas. Atravesar los Balcanes en busca de Occidente, haciendo frente al frío y las periodistas zancadilleras, o navegar las pocas pero traicioneras millas de agua que les separa de Grecia son efectos de la saturación que sufren países como Jordania o Turquía, que ya están al límite de su capacidad.

Deteniéndonos en Turquía, encuentro un hecho que me hace pasar vergüeza ajena. Todos recordamos las imágenes de esos sirios clamando por Alemania, alabando su estado de bienestar y declarando que ellos también quieren vivir bien. A Doña Merkel se le tuvo que erizar el vello de la nuca al verlo, porque no tardó en pactar con el gobierno turco un acuerdo por el que Estambul se encargaría de frenar el avance. No soy el único que piensa que la otra página del acuerdo es la bienvenida germana a Turquía en la UE, ¿verdad?

Pero esto no es lo que me avergüeza. Lo he contado para constatar el apoyo europeo a la praxis turca. Esto es GoodBye, MrBurns, y aquí se viene a hablar de empresa social. Y éste es el dato que me ha hecho tragar saliva:

El 60% de los trabajadores de la industria textil turca, el mayor proveedor de Europa, son ilegales. No registrados, vaya. Y si te he contado el asunto sirio, es por algo. La absoluta precariedad en la que se encuentran los sirios que llegan huyendo de la guerra, les confina a ser explotados por las empresas textiles de forma ilegal. Y digo ilegal no por el hecho de ganar unos 150€ mensuales por 60 horas semanales de trabajo en condiciones de esclavismo, digo ilegal porque no tienen permiso de trabajo y el número de niños que ocupa esos puestos es aterrador.

La insuficiente capacidad de absorción del sistema impide que los niños puedan escolarizarse por falta de dinero o simplemente desconocimiento del idioma. Además, la cosa tampoco funciona bien a nivel de integración. Aquí en occidente, ya se han alzado voces que protestan contra la acogida de semejante multitud (hablamos de cientos de miles), otras que los consideran “Caballos de Troya” o jihadistas en potencia. Para los turcos, la opinión no es muy diferente (si quieren europeizarse, hay que pensar a la europea).

Que los niños trabajen hasta la extenuación en fábricas textiles insalubres para que el Primer Mundo tenga un variado y bonito fondo de armario no es nada nuevo. Según Naciones Unidas, se calcula que alrededor de 260 millones de niños son empleados como trabajadores en todo el mundo.

Pero ¿por qué niños? ¿Por qué no coger entrañables y consumadas costureras viejecitas con brillantes dedales y una bandeja de galletas gestándose en el horno?

En la industria textil actual, la maquinaria ha conseguido que no haga falta ser un experto para realizar las labores de costura, e incluso los pequeños deditos de los niños facilitan algunas de ellas. Además, los niños se quejan menos. Sin apenas inquietudes metafísicas como la libertad, la autonomía o la misma proyección de futuro, y sin voces ni organigrama de corte sindical que vele por sus derechos, tienes en los niños un cuerpo de trabajo obediente y dependiente de tu persona.

Eso es lo que me avergüenza. Incluso en una crisis humanitaria de este calibre, somos capaces de sacar partido. Es un comportamiento más propio de las ratas sacar beneficio de la basura.  Los medios nos venden, o bien el trágico drama humanitario, o bien que un ejército de jihadistas disfrazados de familias enteras está intentando atravesar nuestras defensas.

Y los líderes políticos meten la porquería bajo el sofá, donde nadie los vea. Ay, si mi madre los pilla, qué capón les daba.

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