¡DESPERTA TERRA!

Asistimos estos días al intercambio de bravuconadas por parte del impresentable dictador norcoreano y el impresentable presidente norteamericano, como dos luchadores de pressing catch subidos a un ring antes de dar comienzo a las hostilidades.

Sí, esto en historia se llama “escalada de tensiones”, y suele ser el precedente de un conflicto armado, aunque con estos dos fantoches, nunca se sabe. Lo cierto es que los menos halagüeños sitúan ya fecha para el estallido de la Tercera Guerra Mundial. Tiene que existir un personaje como Kim Jong-Un para que Trump parezca el bueno de la peli, pero no hay que olvidar que el tipo de la piel naranja y el pelo gualda fue el que se pasó por el arco del triunfo el acuerdo de París siendo el presidente del país más contaminante del mundo.

Voy a este punto cuando le escribo a los que, con turbia morbosidad, esperan llenar páginas bajo el titular “Third World War is Coming”. La Tercera Guerra Mundial, la verdadera, hace muchos años que estalló. Y no se trata de un conflicto entre naciones, no se trata de la supervivencia de un régimen político ni de la proyección de un ego difuso convertido en megalomanía. Se trata de una guerra contra nosotros mismos, una guerra entre los que quieren destruir el planeta y los que quieren salvarlo.

Así que si hoy he empezado hablando de estos dos seres no euclidianos, es para poner de manifiesto su patetismo, su riña de patio de colegio que todos debemos condenar. Y no por prever nuestra devastación a manos de una bomba atómica, sino por su falta de interés por el verdadero problema: salvar nuestro planeta de la muerte.

Una de las batallas más enconadas de esta verdadera WW3, por ejemplo, es la que se libra contra el plástico. Y no, no me refiero a batirnos el cobre contra los soldaditos del Ejército Verde de los Army Men. Hablo de las más de 8 millones de toneladas de residuos plásticos que se han generado en la Tierra desde los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Muchas veces he dicho ya en Goodbye, Mr. Burns, que el reciclaje es un parche de no muy buena calidad. Es lo que tenemos por ahora, pero es terriblemente insuficiente. Para muestra un botón: se calcula que el plástico que ha entrado en las plantas de reciclaje no llega a ser ni el 10% de esos ocho millones.

No añadiré más.

En Francia, la guerra se toma en serio. A pesar de las numerosas trabas políticas y económicas que ha encontrado el gobierno en la propia UE, han aprobado una ley que entrará en vigor en 2020, y que prohibirá todo el menaje y envases de plástico que no sea biocompostable. En Hobart, Tasmania, incluso el plástico biodegradable estaría prohibido en 2020.

Se buscan entonces, nuevos materiales de envasado capaces de mantener nuestro estilo de vida, sustituyendo al polímero derivado del petróleo. Si echas un vistazo por internet, te das cuenta al momento de que hay un sinfín de iniciativas respaldando este concepto. Ofreciendo sus materiales como alternativa. Parece que sí, que algunos se han dado cuenta de que es vital luchar contra un desastre que nosotros mismos hemos creado.

Una de las iniciativas más recientes es la de Avani, quienes con una campaña muy agresiva (como a mí me gusta, no nos engañemos) en la que uno de sus creadores literalmente disuelve una de sus bolsas en agua y se la bebe, como hiciera el bueno de Bill Gates con su Janicki Omniprocessor, lo están petando.

Han fabricado bolsas y envases con almidón de yuca, tan resistentes (o incluso más) que las bolsas de plástico actuales, y cuya descomposición tarda únicamente alrededor de 2 meses. “I am not plastic” es su fantástico claim, que pone en valor casi en un golpe de voz el hecho de no utilizar este material. Echad un vistazo a su web aquí (os recomiendo encarecidamente ver el vídeo).

Iniciativas que recogen plástico del mar, empresas que transforman el PET en ropa y organizan reciclajes masivos. Todo está genial para luchar contra lo que ya tenemos: un problema de 8 millones de toneladas.

Pero para evitar seguir arrojando plástico a los vertederos o al océano, se impone la llegada de un nuevo material. Esto es más simple que el mecanismo de un pito. Entonces, si no hay que ser un superdotader para llegar a esta conclusión, ¿qué nos impide avanzar en este tema? ¿Por qué tenemos que remitirnos a pequeños emprendedores con campañas agresivas, locos por vender su patente a grandes gobiernos?

¿Tendrá algo que ver en el asunto el grupo de países que forma la OPEP y el grupo de países con intereses en ellos?

Seh.

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