EL NEGOCIO DEL AGUA EMBOTELLADA

Leía el otro día sobre la brutal sequía que está asolando el cuerno de África, concretamente Etiopía y los países adyacentes. Algunos meteorólogos hablan de un fenómeno relativamente periódico, El Niño, y lo sitúan como causante. La gente que está puesta en esto del cambio climático, aseguran que el calentamiento global ha intensificado El Niño, y que podemos hablar de una inminente hambruna de proporciones bíblicas, que puede incluso triplicar las cifras del apocalipsis de 1984 y su réplica de 2005.

Viendo las fotos del artículo, que siempre perturban más que las frías cifras, no pude sino agradecer a la diosa Fortuna haber nacido en esta parte del mundo, en el que basta con hacer un pequeño giro de muñeca en el grifo de la cocina para conseguir agua potable. Al menos por ahora,  somos unos auténticos privilegiados. Aunque a veces nos complicamos la vida. 

Saliendo el otro día del gimnasio, me dio por sacar una botella de 50 cl. de agua de una máquina expendedora. Pagué por aquel trozo de plástico 1,10€. Todo parece normal, si no fuera porque aquello no era una PET al uso. No contenía simplemente agua, había un Djinn encerrado. Pero tras mi entusiasmo inicial, preparándome para gritarle mis tres deseos, me di cuenta de que ese Genio no estaba dispuesto a hacerme caso: ya estaba cumpliendo los de otro amo. Un amo que lideraba uno de los negocios más rentables de la actualidad: el agua embotellada.

Primer deseo: ¡Haz que me crean!

Hay una idea que se ha clavado en el pensamiento colectivo de nuestra sociedad: el agua embotellada es de mejor calidad que el agua del grifo, pues proviene de manantiales naturales. Haz un ejercicio: si yo te niego esta sentencia, de primeras te cuesta admitirla, ¿no es cierto? El hecho añadido de que las botellas PET no deban reutilizarse, nos da un combo muy chulo.  Y si encima le sumas el irrefutable argumento de que necesitamos agua para vivir, siempre vas a conseguir que uno o dos packs de botellas de agua se cuele en nuestra lista de la compra.

Vamos primero a cargarnos este fundamento, siempre hablando de nuestro entorno occidental: el agua embotellada no es necesariamente mejor que la del grifo, como rezan algunas marcas en su publicidad. Es cierto que tal vez tengan una concentración mayor de calcio, pero el agua del grifo pasa unos controles de calidad muy exigentes, mucho más que cualquier empresa embotelladora. El lenguaje publicitario tiene aquí la culpa. Es lógico que el consumidor prefiera beber de una botella etiquetada con la foto de una montaña nevada, con sus pinos y su arroyo cristalino entre los que destaca la palabra “manantial”, a poner un vaso bajo un grifo que viene a ser el último término de un entramado de tuberías que se derrama bajo las calles de la ciudad. Nadie explica por qué no debe rellenarse las botellas, nadie habla del BPA (residuo plástico que pasa al organismo y que puede acelerar su desprendimiento si se rellena el PET). Pero el cinismo alcanza niveles extremos, cuando uno se entera de que hay grandes marcas, como Pepsi o Coca-Cola, que han admitido que sus líneas de agua común provienen de agua del grifo.

Segundo deseo: ¡Quiero comprar barato y vender caro!

El negocio es redondo. Por algunos manantiales se pagan fortunas, sí, pero es una inversión que no tardará demasiado en dar sus frutos. Por otros, una línea de contactos bien hilada en las altas esferas incluso puede permitirte explotar uno sin coste. Sea como sea que hayas adquirido la fuente de agua, su explotación puede llegar a extenuar las reservas, pues no se permite tiempo de recarga. En España tenemos decenas de ejemplos de localidades enteras que han visto sus manantiales secos, y sus reservas para la agricultura y la ganadería seriamente comprometidas (a todos se nos viene a la mente Baza, en Granada). Así pues, una empresa adquiere el derecho de explotar un recurso gratuito, que genera la propia Tierra, y nos lo vende al precio que le parece después de convencernos de que es más sano. Algo parecido al “impuesto al Sol” de Soria, qué duda cabe. Pero para que el consumidor permita que le ponga el precio que quiera a un recurso que tendría que ser gratuito, deben currarse una buena foto de gente saludable y deportista bebiendo agua de mineralización débil, y convencerlos de que es la pera para el organismo. Pues se hace. Es más, cuando acabes de hacer deporte, seguro que conseguimos que te apetezca un buen trago.

Tercer deseo: ¡Quiero PET-arlo!

Con todo el mundo convencido de lo sana que es el agua, es hora de pensar en el medio ambiente. Está claro que convertir el agua en una mercancía que se transporta me va a hacer gastar petróleo. No sólo en forma de los millones de barriles anuales necesarios para fabricar las botellas, sino en gasolina para enviar mis camiones de reparto, con la consecuente huella CO2. Chupado. Se mete uno en el torrente del reciclado, le largamos el simbolito de las flechas a lo Ying-yang a las etiquetas, y si no se recicla culpamos al consumidor por negligente. Encima de generar una cantidad disparatada de residuos no biodegradables y cuyo proceso de reciclado se encuentra en la cuerda floja de la salubridad tanto individual como medioambiental, quedamos bien con el entorno natural.

Se ha frotado el Genio de la PET, y ha concedido sus deseos. El negocio del agua embotellada es ya el tercero en el mundo, detrás del petróleo y el café. Por ahora, la cosa no molesta demasiado. Pero si nos ponemos agoreros, si nos ponemos en un escenario más parecido al africano, donde el agua ya se está privatizando, donde el litro de agua vale más que el de gasolina debido a la escasez, nos encontramos con que uno de nuestros recursos más vitales está en manos de la empresa privada. Que este problema nos parezca cercano o lejano, tanto en espacio como en tiempo, es algo que deberíamos reflexionar.

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