4 mayo, 2017

Perros abandonados

Voy a intentar abordar el tema de hoy desde una perspectiva menos dramática de lo que me nacería. Es más, voy a intentar ser lo más hermético posible a los sentimientos que me genera: pena, compasión, ira y rechazo al ser humano.

Porque no puedo tenerlos: el ser humano es mi bando.

Una de las características que nos diferencian del resto de animales es la utilización de herramientas complejas para resolver nuestros problemas. Un felino tiene la habilidad de trepar y dar grandes saltos para alcanzar un nido de pájaros que esté en un árbol y darse un festín con los huevos. Nosotros, en la versión más rudimentaria, talamos unos árboles, limpiamos la madera, la cortamos en listones a medidas más o menos exactas, las ensamblamos y creamos así una escalera. En la versión menos rudimentaria, compramos una en Leroy Merlin.

Esto es sólo un ejemplo, pero si te pones a pensar, hay decenas de miles. Gafas de visión nocturna que emulan la vista de un gato, una escopeta capaz de ser más eficiente que un grupo de leonas en plan de caza, un completo equipo de submarinista para nadar con los peces o un avión para poder hacer lo que las aves.

Ese concepto de herramienta se exporta a otros seres vivos. Y cuando se acomete sobre otro ser humano, se llama esclavitud. Con los animales, no parece que exista ese problema: desde el buey que tiraba de nuestro arado o el caballo de nuestro carro, hasta el pollo que sirve hoy en día como recurso alimenticio a gran escala. Son todos esclavos, pero esa palabra no es del todo correcta. Podemos llamarlos, para ser más coherentes con el concepto humano de las cosas,  “dominados”.

¿Cuál es el papel de las mascotas en todo esto? Una mascota es un dominado destinado a hacer un trabajo emocional. Nadie va a comerse a su gato, ni espera que tire de un arado. Espera, simplemente, que esté ahí tirado en el sofá y que haga algo divertido de vez en cuando para poder contárselo a los colegas o grabar un vídeo para Youtube. Espera que esté receptivo a caricias, besos y abrazos cuando sea necesario. Espera que cuide la casa, que haga compañía.

El papel del perro encaja más o menos en ese perfil. Desde tiempos ancestrales, los antepasados caninos eran alimentados por los hombres nómadas para domesticarlos, y servirles así como un Securitas Direct high level de la época. Un perro reaccionaba rápidamente ante cualquier peligro durante una noche oscura junto a la hoguera, y ponía al hombre en alerta.

Con el paso del tiempo, ese vínculo humano – perro se fue nutriendo, y la propia existencia de los canes fue modificada por nosotros. Mediante los cruces, se creaban razas cada vez más afables o cada vez más salvajes, para servir en uno u otro aspecto: las salvajes como guardianes o armas, y las afables como mascotas.

Dijo Huxley, autor más que citado en Goodbye, Mr. Burns, que los perros ven a los humanos como a dioses. Y ésta es la razón de que muchos humanos quieran más a sus perros que a los de su especie. El perro como mascota es, en definitiva, un dominado emocional, destinado a servirnos de válvula de escape a esta vida estresante e hipócrita.

Teniendo claro su papel en la sociedad humana, no resulta extraño que los identifiquemos como prescindibles.

Las razas más peligrosas parece que tienen los días contados. Este mismo Abril saltaba la noticia de una mujer supuestamente asesinada por las mordeduras de su perro. Y claro, ya saltó a escena el grupo de acalorados pidiendo el sacrificio del animal y el endurecimiento de leyes contra este tipo de animales. Leyes que hacen, por ejemplo, que tengas que sacar a tu caniche con bozal al parque y siempre atado con correa.

Desde los años 90 se han registrado en España una cifra de mortalidad por ataques de perro que no llega a 40 casos. Según las estadísticas de Marzo de este año, desde 2003 se han registrado más de 800 muertes por violencia de género.

Bozal y correa para los hombres YA.

Las razas más amistosas, las que más encajarían en el perfil de mascota, cumplen su función hasta que ésta no es necesaria. La perspectiva de un buen viaje, un cambio de vivienda, la incompatibilidad con un buen trabajo, la llegada de un hijo o el simple hastío (el perro es viejuno y deja de hacer cosas divertidas), son excusas más que suficientes para deshacerte de él. Si ya resulta que has pensado en hacer negocio con los cachorros de tu perra y la cosa sale mal porque no encuentras compradores, pues billete sólo de ida para los jovencitos.

Esto es como los programas de Telecinco, que nadie ve pero luego barren en audiencia. Nadie es tan cruel como para abandonar a un perro, pero luego, ante la pregunta ¿qué hacemos con Puffy? le dan puerta al animal.

España es el país de Europa que más mascotas abandona. La cifra roza los 140.000 en el último año censado, 2015 (este año se censará 2016). Piensa que esa cifra suma a la del año anterior. El perfil más común es un perro adulto (no viejo), sano, de raza mestiza y sin microchip.

¿Cuántos de nosotros no hemos visto perros deambulando por las calles de nuestros pueblos o perdidos en una carretera comarcal? La falta de aseo, el rastro de las costillas bajo la piel, la lengua fuera por la sed y alguna horrible herida suelen ser los síntomas más característicos. ¿Has visto alguno?

Pues ten cuidado. En España, la situación no es tan grave como en otros países. La OMS cifra en  más de 50.000 las muertes anuales por rabia, poco más de un 75% contagiada por las mordeduras de estos animales. Los perros aquí han convivido con el ser humano. Muchos de ellos están educados y no van a lanzarse a tu cuello. Buscarán tu compasión para ponerles un plato de friskies y un cuenco con agua antes que tu carne rolliza. Además, la calidad de nuestra sanidad es alta en comparación con la de países en vías de desarrollo, así que puede detenerse la enfermedad a tiempo. Pero la rabia y otras enfermedades que pueden transmitirse al ser humano, y que campan en muchos de estos perros, son motivo más que suficiente para andarse con ojo. Porque si bien, como dije, la mayoría están sanos, las condiciones poco salubres de nuestras calles y la malnutrición pueden causar estragos. Un perro abandonado, que no ha desarrollado el instinto de cazar por estar acostumbrado a su cuenco de croquetas de cordero con verduras desecadas (pienso), comerá lo primero que encuentre. Normalmente, comida desechada o en descomposición.

Por esta razón hay instituciones dedicadas al control de estos animales, que tratan de evitar que se convierta en un problema de salud pública. Pero el problema es el destino final de estos perros y la gestión de los individuos.

Los refugios caninos, albergues caninos y como quieras llamarlo, son campos de concentración con amplios problemas de cobertura económica. Alimentar a esa cantidad de perros, vacunarlos, castrarlos y tenerlos en condiciones saludables requiere de recursos humanos y económicos que la administración no está dispuesta a conceder. Sobre esa disponibilidad podríamos hablar, pero no es debate en este momento. Por ahora, constataremos el hecho y nada más.

El animal se pasa en el campo de concentración un tiempo establecido, hasta que es acogido o adoptado por otro humano, o hasta que la situación de desborde de la instalación obliga a convertirla en un campo de exterminio.

La metodología que se emplea en el sacrificio (una vez más, se debe usar un término diferente para los animales; para los humanos, sería asesinato) de estos animales es tema de controversia. Se han barajado muchos, y si no es cruel resulta costoso. Bonitos ejemplos de sadismo bastante comunes son el envenenamiento, la inyección paralizante, las cámaras de gas masivas o la electrocución, además del siempre socorrido tiro en la cabeza.

Limpio y rápido, ¿verdad?

Me contaba el familiar de un amigo, guardabosques en su momento, que muchas veces se vio obligado a volarle la cabeza a un perro. Me decía que no era tan limpio como podía parecer.  Normalmente, los perros se mostraban inquietos. Contaba que, de alguna forma, el perro sabía que lo iban a matar. Así que debido a lo nerviosos que estaban costaba acertarles en la cabeza con un tiro mortal, y había que pegarle tres o cuatro.

Así que ahora que sabemos que los refugios no son la panacea, sobre todo si el perro es un chucho sin raza o un poco feo, lo que baja considerablemente sus posibilidades de encontrar un nuevo hogar, ¿qué hacemos?

Podríamos empezar por ponernos de acuerdo. Los que intentan proteger los derechos de los perros son unos animalistas antisistema, y los que los abandonan son unos crueles desalmados. Y mientras tanto, sigue la problemática.

Hace ya unos años que se implementó en España la obligación de incorporar un microchip al perro. En otros países donde se controla más el abandono, se incorpora la castración como método de contención. Dado que se estima que una única hembra puede dar lugar a una población de más de 60.000 perros en 6 años, la castración reduciría drásticamente el número de individuos. Mi impresión es que no cuesta nada implementar esa medida. ¿Me equivoco?

Más cosas: no compres un perro. No contribuyas a ese negocio vil. Ve a un refugio y adopta uno. Si estás dispuesto a comprometerte de por vida con un animal, hay muchos cachorros. Si lo que quieres es aliviar el trauma del abandono y acogerlo durante unos años antes de que le llegue su fin, hay muchos más adultos. Los dos te servirán bien como dominado emocional.

Si tu perro tiene cachorros es que no has seguido la primera regla, la castración. Sea como fuere, si vas a regalarlos o a venderlos, asegúrate de que el nuevo dueño le pone el microchip y lo esteriliza. No hagáis el intercambio en un aparcamiento, como en una peli de mafias: hazlo en el veterinario. Baja un poco el precio para que cubra los costes y ya está.

El problema real que hay detrás de todo este entorno se esconde en lo educacional. Por esta razón, es un debate tan abierto. Porque seguro que conoces a alguien que tiene un perro y no le ha puesto el microchip, ¿verdad? No añadiré más.

En tiempos del cambio climático, de la extinción de especies y de la deforestación, tratamos los problemas del medio ambiente desde un punto de vista telescópico. Pero si quitamos el ojo del catalejo vemos que hay un drama mucho más cercano, del que todos somos culpables. No hay que grabar a un oso polar sobre un ínfimo casquete de hielo en el Ártico para saber cómo trata el ser humano al resto de animales.

Y si, como dijo Ghandi, ese trato es la medida de nuestra moral, vamos listos.

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